Afortunadamente, a veces podemos cambiar de registro para saciar verdaderamente el apetito voraz que tenemos de aire, luz y rocas. Para conseguir este propósito no hay nada como una travesía, es decir, entrarle a la montaña armado hasta los dientes con todo lo puesto y sabiendo que vas a hacer, como poco, una noche en su vientre. Me gusta esa sensación de saber que todo lo que necesito está conmigo, sobre mis costillas. Me encanta sentirme autónomo mientras el sol comienza a declinar y no me apuro por regresar al valle. Es realmente un lujo al alcance de muy pocos apreciar cómo se alarga la sombra de la montaña en la que estamos aupados y como el sol poniente lame los pliegues de cordilleras lejanas anunciando el último fulgor mientras en el llano reina ya la noche.
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Travesía por Tejeda y Almijara: desde la Maroma al Lucero
Cuerda de los Agrios
Comemos algo suave y nos enfrentamos, ahora ya sí, al verdadero desafío de la jornada. Una espléndida y aérea cresta con más de una legua de longitud que se va curvando hacia Poniente de modo que podemos contemplarla en su totalidad desde su comienzo en el que estamos — subidos al Aguilón — y cuya visión, además de estremecernos, nos emociona. Son todos estos cortados, derrumbaderos, cejos, aristas, poyos, grietas, cuevas, lapiaces, y lanchas los que hacen áspero el lugar y le confieren su nombre. Es en esta geografía donde cobra sentido el calificativo que Machado dio a Picos: los huesos de la tierra que asoman desgarrados. Perfectamente podría haberse inspirado en esta cordillera Don Antonio para escribir esas líneas.
Baza otoñal: ascensión al Santa Bárbara siguiendo el río Gor
El sueño de cualquier buen montañero varonil y con los bolsillos de la mochila cargados de testosterona es irse de travesía en una expedición formada únicamente por mujeres. Los sueños, aunque en general no ocurre así, pueden cumplirse y este fin de semana me ha tocado a mí: me voy a la Sierra con dos mujeres de armas tomar: Lourdes y María del Mar, María del Mar y Lourdes.
No contentos con el dúo mujeril, pretendemos subir hasta la mismísima coronilla de una tercera damisela, pero no una mujer terrenal de carne y hueso, no… mucho ojito que estamos hablando de una santa: ni más ni menos que la patrona de mineros y artilleros — por eso de los truenos — que da nombre a la culminación de la Sierra de Baza en un orgulloso picacho, una montaña humanizada cuyas vertientes están pobladas de un bosque maduro de pino silvestre más propio de Urbión que de estos lares dándonos una idea de lo crudo que fue ser minero aquí en estas alturas inhóspitas y expuestas al cielo.
Centenares, Huelgas, Espumaredas
No existe ningún lugar en la Sierra en el que el olvido haya sido más cruel que en estas aldeas de Santiago-Pontones. Obligadas a desaparecer por los intereses espurios de una administración autócrata y despiadada, muchos de sus habitantes fueron desalojados forzosamente para ser recluidos en un lugar artificial como es Cotorríos, poblado creado por el antiguo Instituto de Colonización para acallar las conciencias.
De la expropiación a la dinamita fue sólo un suspiro y aldeas como las Canalejas sucumbieron entre zarzas y enredaderas al paso de los años mientras otras — las menos — como los Centenares o los Miravetes, resistieron erguidas al olvido, asistidas en su soledad por la compañía de los chopos, los roquedos, los temporales de Poniente y el vuelo preciso de las rapaces de los cantiles.
Moss en las Banderillas
Mi dueño se duerme pronto pero yo estoy nervioso. Pese a que lucía algo el sol del atardecer reflejado en la roca del Castellón de los Toros noto la humedad que viene y las nubes negras que reptan por el Poniente de las Villas para encaramarse y ganar el valle; nubes que terminarán estrellándose contra la muralla de las Banderillas, enorme cordillera que ahora se asemeja a un acantilado en cuya base — en la que estamos nosotros — va a romper el temporal que se acerca.
Me revuelvo incómodo ante estas expectativas y no le dejo dormir. Le empujo con mi lomo y mi cabeza cuando empiezan a caer algunas gotas pero él apenas me hace caso. Saca una funda y una manta de aluminio y se envuelve perezoso. Pero cada vez llueve más y más. Ya estoy prácticamente calado y la encina y la sabina apenas aguantan la embestida del viento y el agua: ésta ha encontrado ya todos los caminos y se forman incluso charcos sobre nuestros cuerpos.
Afortunadamente, a veces podemos cambiar de registro para saciar verdaderamente el apetito voraz que tenemos de aire, luz y rocas. Para conseguir este propósito no hay nada como una travesía, es decir, entrarle a la montaña armado hasta los dientes con todo lo puesto y sabiendo que vas a hacer, como poco, una noche en su vientre. Me gusta esa sensación de saber que todo lo que necesito está conmigo, sobre mis costillas. Me encanta sentirme autónomo mientras el sol comienza a declinar y no me apuro por regresar al valle. Es realmente un lujo al alcance de muy pocos apreciar cómo se alarga la sombra de la montaña en la que estamos aupados y como el sol poniente lame los pliegues de cordilleras lejanas anunciando el último fulgor mientras en el llano reina ya la noche.

Comemos algo suave y nos enfrentamos, ahora ya sí, al verdadero desafío de la jornada. Una espléndida y aérea cresta con más de una legua de longitud que se va curvando hacia Poniente de modo que podemos contemplarla en su totalidad desde su comienzo en el que estamos — subidos al Aguilón — y cuya visión, además de estremecernos, nos emociona. Son todos estos cortados, derrumbaderos, cejos, aristas, poyos, grietas, cuevas, lapiaces, y lanchas los que hacen áspero el lugar y le confieren su nombre. Es en esta geografía donde cobra sentido el calificativo que Machado dio a Picos: los huesos de la tierra que asoman desgarrados. Perfectamente podría haberse inspirado en esta cordillera Don Antonio para escribir esas líneas.
El sueño de cualquier buen montañero varonil y con los bolsillos de la mochila cargados de testosterona es irse de travesía en una expedición formada únicamente por mujeres. Los sueños, aunque en general no ocurre así, pueden cumplirse y este fin de semana me ha tocado a mí: me voy a la Sierra con dos mujeres de armas tomar: Lourdes y María del Mar, María del Mar y Lourdes.
No existe ningún lugar en la Sierra en el que el olvido haya sido más cruel que en estas aldeas de Santiago-Pontones. Obligadas a desaparecer por los intereses espurios de una administración autócrata y despiadada, muchos de sus habitantes fueron desalojados forzosamente para ser recluidos en un lugar artificial como es Cotorríos, poblado creado por el antiguo Instituto de Colonización para acallar las conciencias.
Mi dueño se duerme pronto pero yo estoy nervioso. Pese a que lucía algo el sol del atardecer reflejado en la roca del Castellón de los Toros noto la humedad que viene y las nubes negras que reptan por el Poniente de las Villas para encaramarse y ganar el valle; nubes que terminarán estrellándose contra la muralla de las Banderillas, enorme cordillera que ahora se asemeja a un acantilado en cuya base — en la que estamos nosotros — va a romper el temporal que se acerca.
