Y así llegamos al colofón de esta gran temporada en la Sierra. Tenía la convocatoria sobre la mesa desde hacía unas semanas pero no me había pronunciado porque no sabía si iba a estar preparado para el desafío. Los días se acercaban y el miércoles, a dos días vista, me decidí: allí tenía que estar.
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¿Y pa qué tanto madrugar? Pues porque la ruta se las trae. En pocas palabras: Pontones-Nacimiento-Los Miradores-Hoya del Ortigal-Pinar Negro-Los Charcones-Rambla Seca-Nava Noguera-Collado Bermejo-Lagunas de Valdeazores-Río Borosa-Cotorríos-Pista del Majal Alto-Las Canalejas-Los Centenares-Las Huelgas-Las Espumaredas-Pontones. ¿Hay quien dé más?
Archivo para el lugar ‘sierra de segura’
Serrana in the limit 2010
Viaje a la Sierra (y VI): de Huelga Utrera a Pontones
Nos reímos juntos con su broma y ponemos los pies en el asfalto de la carretera para, unos pocos metros más adelante, dejarlo bajo la línea del tendido eléctrico. Ahora seguimos la traza del paso de ganado en su tránsito hacia la zona conocida como los Palancares, a medio camino entre Poyotello y Pontones. Aunque no se ven muchos rastros la lógica del trazado es sencilla y después de una hora nos asomamos al caserío de Pontones. Descendemos por una tinada y entramos en la carretera de Santiago. Antes de entrar al pueblo cogemos la carretera de Fuente Segura y hacemos una parada técnica en el restaurante la ruta del Segura para deliberar: gabinete de crisis.
Viaje a la Sierra (V): del prado de Juan Ruiz a Huelga Utrera
En Prado Maguillo, nada más entrar al pueblo, a mano izquierda, un par de familias disfruta del sol en una mesa alargada a la sombra de una casa preciosa que más bien parece sacada del valle de Salazar que de este ambiente sureño. Nos invitan y para allá que nos vamos. ¿Cómo decir que no a una cerveza fresca y un rato de charla a la sombra? Son dos familias de Jaén que tienen ahí su segunda residencia. Amablemente nos ofrecen de comer pero les decimos que acabamos de arreglarnos más arriba. Aún así, me bebo un litro de cerveza y algunas mandarinas porque es de fruta de lo que vamos más necesitados. El que mejor parado sale es Moss que, a cambio de jugar un buen rato con toda la chiquillería, recibe como premio los macarrones con carne sobrantes. Esto es felicidad.
Calar de la Cabeza de la Mora desde la Espinea
Fue a principios del XXI, vivía en Murcia y trabajaba demasiado. Habían pocas oportunidades para salir pero las saboreábamos bien. En Junio me escapé con Bernardo en mi polo verde y lo rajé subiendo a los Prados de Juan Ruiz por la pista del Espino. Aparcamos en el carril que baja al Cortijo de la Espinea y nos zampamos un bocata bajo los chopos. A la noche me descubrí varias picaduras de chinches en el vientre y las ingles. Eso por llevar pantalón corto.
Ascendimos buscando el portillo de la Espinea, luego pasamos de ahí a su Puntal regocijándonos al encontrar un tejo milenario en las sombras casi perpendiculares de un agudo cejo. Nos esforzamos un poco más y apuramos el Calar de la Cabeza de la Mora hacia el Sur para asomarnos al vértice de las Majaícas. Hacía un día precioso, azul hiriente, con viento fresco del Noroeste y unos cirros perezosos descolgados de alguna borrasca que estaría dejando lluvias muy al Norte.
Into the wild: mal tiempo en las Banderillas
Paso Roblehondo y nada más llegar remontan el vuelo unas cuantas águilas (o quebrantahuesos ¿?) que estaban apostadas en el mismo collado. La imagen me deja boquiabierto, casi tanto como el contemplar el espléndido contrafuerte de las Banderillas en su despliegue hacia el Borosa y el Picón del Haza. Sin lugar a dudas, las Banderillas es la montaña más subyugante y hermosa de cuantas hay en la Sierra y ella misma se encarga de dejar las cosas en su sitio con sus pliegues, su geología atrevida e imposible, sus cejos, cintos y “pretinas”, sus despeñaderos, tajos y canales… todos estos elementos conforman esta enorme cordillera que repliega los Campos y los sostiene en las alturas.
Dejo Roblehondo por esa hilera de piedras que señala con precisión la antigua senda de herradura que busca el Tranco del Perro. Pronto estoy saltando la valla de troncos y le abro a Moss un hueco para que pueda acompañarme. A partir de aquí empieza la nieve y disfruto de un paraje en el que el hombre — haciendo alarde de un ingenio delicioso — le ha ganado a la Naturaleza un camino imposible entre tajos verticales. Repongo agua en la fuente que apenas suelta un hilillo y exploro sin el petate una posibilidad interesante para regresar por el Borosa vía el Picón del Haza sin ganar ni perder altura. Confirmo esta posibilidad y me vuelvo porque ya tengo claro que voy a dormir en lo más alto.
Y así llegamos al colofón de esta gran temporada en la Sierra. Tenía la convocatoria sobre la mesa desde hacía unas semanas pero no me había pronunciado porque no sabía si iba a estar preparado para el desafío. Los días se acercaban y el miércoles, a dos días vista, me decidí: allí tenía que estar.
Nos reímos juntos con su broma y ponemos los pies en el asfalto de la carretera para, unos pocos metros más adelante, dejarlo bajo la línea del tendido eléctrico. Ahora seguimos la traza del paso de ganado en su tránsito hacia la zona conocida como los Palancares, a medio camino entre Poyotello y Pontones. Aunque no se ven muchos rastros la lógica del trazado es sencilla y después de una hora nos asomamos al caserío de Pontones. Descendemos por una tinada y entramos en la carretera de Santiago. Antes de entrar al pueblo cogemos la carretera de Fuente Segura y hacemos una parada técnica en el restaurante la ruta del Segura para deliberar: gabinete de crisis.
En Prado Maguillo, nada más entrar al pueblo, a mano izquierda, un par de familias disfruta del sol en una mesa alargada a la sombra de una casa preciosa que más bien parece sacada del valle de Salazar que de este ambiente sureño. Nos invitan y para allá que nos vamos. ¿Cómo decir que no a una cerveza fresca y un rato de charla a la sombra? Son dos familias de Jaén que tienen ahí su segunda residencia. Amablemente nos ofrecen de comer pero les decimos que acabamos de arreglarnos más arriba. Aún así, me bebo un litro de cerveza y algunas mandarinas porque es de fruta de lo que vamos más necesitados. El que mejor parado sale es Moss que, a cambio de jugar un buen rato con toda la chiquillería, recibe como premio los macarrones con carne sobrantes. Esto es felicidad.
Fue a principios del XXI, vivía en Murcia y trabajaba demasiado. Habían pocas oportunidades para salir pero las saboreábamos bien. En Junio me escapé con Bernardo en mi polo verde y lo rajé subiendo a los Prados de Juan Ruiz por la pista del Espino. Aparcamos en el carril que baja al Cortijo de la Espinea y nos zampamos un bocata bajo los chopos. A la noche me descubrí varias picaduras de chinches en el vientre y las ingles. Eso por llevar pantalón corto.
Paso Roblehondo y nada más llegar remontan el vuelo unas cuantas águilas (o quebrantahuesos ¿?) que estaban apostadas en el mismo collado. La imagen me deja boquiabierto, casi tanto como el contemplar el espléndido contrafuerte de las Banderillas en su despliegue hacia el Borosa y el Picón del Haza. Sin lugar a dudas, las Banderillas es la montaña más subyugante y hermosa de cuantas hay en la Sierra y ella misma se encarga de dejar las cosas en su sitio con sus pliegues, su geología atrevida e imposible, sus cejos, cintos y “pretinas”, sus despeñaderos, tajos y canales… todos estos elementos conforman esta enorme cordillera que repliega los Campos y los sostiene en las alturas.
